Solía amar la luna, esa que tú me regalaste, olvidando que no era tuya. Y, admirando la luna, me olvide de las estrellas.
La luna es cambiante, indecisa, voluble. Hoy muestra una cara radiante que con el paso de los días va menguando hasta desaparecer. En los días más oscuros de mi vida busque la luna. A veces estaba, a veces no, no podía contar con su luz para alumbrar mi camino. Sé que ella sigue un ciclo, qué, aunque esta noche no pueda verla, un día volverá, pero en su constante ir y venir me deja perdido en las tinieblas. Nunca sabré dónde aparecerá la próxima vez, ¿un poco más al este?, ¿un poco más al norte?, ¿más cerca o más lejos de mi alcance?
Las estrellas, en cambio, son faros eternamente fijos. Las estrellas no cambian con el paso de los siglos, siempre ocupan el mismo sitio en el firmamento, como si un Dios las hubiese pegado ahí con cola para indicar el rumbo. Los antiguos navegantes las usaban como guía y eso es porque no importa cuánto gire el mundo, ellas siempre estarán ahí marcando el camino de regreso. Las estrellas brillan con luz propia, no dependen de nadie para hacerlo, brillan más cuanto más grande es la oscuridad, brillan incluso después de haber dejado de existir.
No. No desprecio la luna, sigo admirando su belleza, sigo sintiendo su ausencia en mis noches oscuras, pero, hablando de amores, prefiero las estrellas, porque, aunque luzcan lejanas y distantes y quizá un tanto inalcanzables, ellas siempre están ahí... y, después de todo, no importa cuántas veces me lo digan... la luna sigue sin ser mía.
jueves, 2 de febrero de 2012
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