Lo he encerrado, pero pronto he descubierto que no sirve de nada. A través de las rendijas le sigo oyendo y ni esperanzas que se muera de hambre, antes me muero yo de espera. ¿No se supone que al amor hay que alimentarlo para que no muera? ¿Por qué entonces no se muere éste que yo quiero matar? ¿Es una mentira o simplemente son sus malditas ganas de llevarle la contraria a los demás? “¿quieres que me muera? Pues anda, que ahora no me muero.”
He intentado correrlo pero no hace caso. Que no, que te digo que el amor no es ciego sino sordo. ¿De qué otra manera explicas que no sirvan las palabras para echarle? He usado, rehusado y abusado del sentido común, pero ningún argumento parece surtir efecto.
He intentado enterrarlo, ignorarlo, abandonarlo… pero siempre me encuentra. A veces creo que lo he logrado y respiro nuevamente por unos días: voy a las fiestas, salgo con mis amigos, me arreglo, me pinto, me pongo, me quito, leo, oigo música, voy al cine… y entonces, de la nada, como un muerto saliendo de su tumba, resurge de mis recuerdos.
He convertido en una guerra el olvidarte. No hay tregua, no hay regreso. La cosa es simple: o lo mato o me muero.



